miércoles, 16 de septiembre de 2009

La imagen del hombre en Heinrich von Kleist

Benno von Wiese: “La imagen del hombre en Heinrich Von Kleist”

El títere fue en la literatura de los siglos XVIII y XIX una metáfora para expresar la falta de libertad del hombre y su dependencia frente a poderes desconocidos que lo manejan fatalmente. Pero en Kleist indica lo contrario: el títere simboliza una nueva libertad del hombre, que brota de lo inconsciente, porque lleva su centro de gravedad dentro de sí y por ello está en condiciones de estar de acuerdo consigo mismo. El títere es el ser imperturbado que se encuentra de continuo en el centro de su propio movimiento y limita, según el pensamiento de Kleist, con el animal y con Dios. Posee algo de la gracia de aquel oso que practicaba esgrima, que no de deja engañar por la apariencia fingida, por los ardides del luchador avezado, sino que posee una relación mucho más inmediata frente a la realidad, una relación “cara a cara”, como si “pudiera leer en ella el alma”. Pero no en menor grado, encuentra el títere su intensificación aumentada en la gracia de la divinidad, en aquella conciencia absoluta que coincide consigo misma, porque sabe que no hay más que enfrentar. Pero ¿Qué es lo que se encuentra entre el animal y Dios? Este es el ámbito de lo trágico, la pérdida del paraíso, de la inocencia, de lo espontáneo, aquí comienza el autoenajenamiento del alma humana. Esta situación trágica del hombre radica en la conciencia, que es pérdida de la inocencia del animal y lejanía con respecto a la comprensión absoluta de la divinidad. Significa la disonancia del alma frente a los poderes, que se encuentran fuera de ella misma y que la engañan con respecto a la verdad, que sólo a ella le pertenece, que sólo es suya. Kleist retoma esta verdad en la metáfora del títere, símbolo del hombre que ha vuelto al paraíso. Porque el títere se encuentra más allá de lo trágico. Posee aquella falta de gravedad “antigrave”, apartada de las leyes objetivas del mundo material, por encontrarse aquí el alma como fuerza motriz sola en el centro de su movimiento. El títere “baila”, lo que significa: la realidad del alma no está determinada aquí desde fuera, sino que alma y realidad son una sola cosa. Pero con esto ha vuelto a anularse el pecado original de la conciencia, y el hombre accede, a pesar del fruto trágico “del árbol de la ciencia”, a aquel estado de gracia que el animal posee aún y el dios siempre. Es aquí donde se le plantea al hombre su verdadero problema dentro del mundo disgregador de la conciencia. Se llama divinización de la existencia humana y no vuelta al animal –pues éste le resulta imposible al ser cognoscente- sino acercamiento a la divinidad, la cual, empero, no mueve al mundo desde fuera, sino que se realiza en el alma que le sirve de “Spielfigur”, figura de juego (figura a través de la que se actúa). El verdadero estado de bienaventuranza del hombre comienza para Kleist cuando éste se encuentra completamente indefenso y desamparado, encarnando empero, de este modo, una inocencia del ser, en la que el alma es completa e incondicionalmente ella misma y precisamente por eso, una parábola de la belleza divina, que se muestra, en otros casos, siempre distante e incomprendida.”

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