Fragmento del capítulo “Tratado de nomadología: la máquina de guerra”, Mil mesetas, G. Deleuze/ F. Guattari
“Kleist, a lo largo de toda su obra, no deja de alabar las excelencias de una máquina de guerra, y la opone al aparato de Estado en un combate perdido de antemano. Arminius anuncia sin duda una máquina de guerra germánica que rompe contra el Estado romano. Pero el príncipe de Hamburgo ya sólo vive en un sueño, y está condenado por haber obtenido la victoria desobedeciendo la ley de Estado. En cuanto a Kohlhaas, su máquina de guerra ya sólo puede ser de bandidaje. ¿Cuando triunfa el Estado, el destino de esa máquina es caer en la alternativa: o bien no ser más que el órgano militar y disciplinado del aparato de Estado, o bien volverse contra sí misma, y devenir una máquina de suicidio a dúo, para un hombre y una mujer solitarios? Goethe y Hegel, pensadores de Estado, ven en Kleist a un monstruo, y Kleist ha perdido de antemano. Sin embargo, ¿por qué la más extraña modernidad está de su lado? Porque los elementos de su obra son el secreto, la velocidad y el afecto. En Kleist, el secreto ya no es un contenido considerado en una forma de interioridad, al contrario, deviene forma, y se identifica con la forma de exterioridad siempre fuera de sí misma. De igual modo, los sentimientos son arrancados de la interioridad de un “sujeto” para ser violentamente proyectados en un medio de pura exterioridad que les comunica una velocidad inimaginable, una fuerza de catapulta: amor u odio, ya no son en absoluto sentimientos, sino afectos. Y esos afectos son otros tantos devenir-mujer, devenir-animal del guerrero (el oso, las perras). Los afectos atraviesan el cuerpo como flechas, son armas de guerra. Velocidad de desterritorialización del afecto. Incluso los sueños (el del príncipe de Hamburgo, el de Pentesilea) son exteriorizados, mediante un sistema de relevos y de conexiones, de encadenamientos extrínsecos que pertenecen a la máquina de guerra. Anillos rotos. Ese elemento de exterioridad, que lo domina todo, que Kleist inventa en literatura, que es el primero en inventarlo, va a dar un nuevo ritmo al tiempo, una sucesión sin fin de catatonías o de desvanecimientos y de fulguraciones o precipitaciones. La catatonía es “ese afecto es demasiado fuerte para mí”, y la fulguración, “la fuerza de ese afecto me arrastra”, el Yo ya sólo es un personaje cuyos gestos están desubjetivados, sin perjuicio de morir por ello. Tal es la fórmula personal de Kleist: una sucesión de carreras locas y de catatonías petrificadas, en las que ya no subsiste ninguna interioridad subjetiva. En Kleist hay mucho de Oriente: el luchador japonés, interminablemente inmóvil, y que de pronto hace un gesto demasiado rápido como para que pueda ser percibido. El jugador de go. En el arte moderno muchas cosas vienen de Kleist. Con relación a Kleist, Goethe y Hegel representan el pasado.
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