La música era una actividad inmensamente popular en la Inglaterra de Shakespeare, con la propia reina dando el ejemplo, ya que era una ejecutante distinguida y una profunda conocedora. Ella misma invitó a los músicos más importantes de su tiempo como servidores de la Capilla Real. Además, dio su amistad – y variados privilegios- a William Byrd, el mayor compositor isabelino, cuya fidelidad a la Iglesia Católica se hubiera convertido (de otro modo) en severo obstáculo para su carrera.
Durante el siglo XVI, el énfasis en la música transfiriese de la esfera religiosa a la profana. Cuando el madrigal llegó de Italia en la década de 1580, fue rápidamente aceptado por los cantantes aficionados que lo convirtieron en la forma musical más cultivada. En su breve florecimiento, el madrigal inspiró a unos cincuenta compositores, incluidos Morley, Byrd, Gibbons, Weelkes y Wilbye, quienes perfeccionaron un estilo específicamente inglés.
De los instrumentos difundidos entre los ingleses, los más populares eran el laúd y el virginal (una especie de pequeño clavicordio) y la reina era eximia ejecutante de los dos. Muchas grandes mansiones exhibían también una colección de violas reservadas para formar pequeños conjuntos o acompañar madrigales.


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