sábado, 8 de mayo de 2010

Para complementar lectura de W.H. Auden, “La música en Shakespeare” La música (Revista Teatro, Año 1/número 1) 1980/1981 (Página 41)


La música era una actividad inmensamente popular en la Inglaterra de Shakespeare, con la propia reina dando el ejemplo, ya que era una ejecutante distinguida y una profunda conocedora. Ella misma  invitó a los músicos más importantes de su tiempo como servidores de la Capilla Real. Además, dio su amistad – y variados privilegios- a William Byrd, el mayor compositor isabelino, cuya fidelidad a la Iglesia Católica se hubiera convertido (de otro modo) en severo obstáculo para su carrera.
Durante el siglo XVI, el énfasis en la música transfiriese de la esfera religiosa a la profana. Cuando el madrigal llegó de Italia en la década de 1580, fue rápidamente aceptado por los cantantes aficionados que lo convirtieron en la forma musical más cultivada. En su breve florecimiento, el madrigal inspiró a unos cincuenta compositores, incluidos Morley, Byrd, Gibbons, Weelkes y Wilbye, quienes perfeccionaron un estilo específicamente inglés.
De los instrumentos difundidos entre los ingleses, los más populares eran el laúd y el virginal (una especie de pequeño clavicordio) y la reina era eximia ejecutante de los dos. Muchas grandes mansiones exhibían también una colección de violas reservadas para formar pequeños conjuntos o acompañar madrigales.

Aunque cantar madrigales o hacer música de cámara fuese pasatiempo de ricos, el pueblo se divertía con sus propias formas de actividad musical. Baladas (impresas en hojas sueltas) eran cantadas al son de melodías populares y vendidas en las calles por un penique, al margen de que esa música era comúnmente usada en los espectáculos teatrales. Mucha de la música compuesta para las obras de Shakespeare fue perdida, pero sobrevivieron algunas de las composiciones producidas por Robert Johnson, el creador musical más ligado a la compañía del dramaturgo

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